17/1/2026 | Jorge Gastelúm (Educación Futura)
En un rincón del diccionario, donde la Real Academia Española —en colaboración con las veintitrés instituciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE)— guarda a los inadmisibles, había una sala de aislamiento lingüístico. Allí, confinados y en estricta cuarentena, se reunían los verbos bárbaros: aquellos nacidos de anglicismos innecesarios, neologismos burocráticos, tecnicismos invasores y jerga de última moda que la Fundéu y la RAE miraban con recelo.
Según los criterios académicos para admitir un neologismo en el Diccionario de la lengua española (DLE), una palabra sólo se incorpora si cumple tres condiciones: debe llenar un vacío real en el idioma (es decir, en verdad ser necesaria, sin equivalente preciso ya existente), haber alcanzado un uso amplio, extendido y asentado entre los hablantes de todo el ámbito hispánico, y contar con el consenso mayoritario de las academias que velan por la unidad del español. Sólo entonces deja de ser un intruso y pasa a formar parte del repertorio oficial.
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