19/6/2026 | María José Rincón (Diario Libre, República Dominicana)
He dejado Cádiz atrás, pero me he traído en la maleta el compromiso de hablarles del Diccionario de autoridades, al que la Real Academia Española llama el «abuelo» de los diccionarios del español; un nombre acertado porque también tenemos bisabuelos e, incluso, tatarabuelos. Desde su fundación, en los albores del siglo XVIII, la RAE se marcó un objetivo prioritario: la creación de un diccionario del español. Se trataba de dotar a nuestra lengua de un diccionario a la altura de los que ya se habían hecho para el francés y el italiano; y también de que fuera «el más copioso que pudiera hacerse».
Con esta misión en el horizonte los académicos se repartieron las letras y en 1726 (solo trece años después) publicaron el primer tomo, que comprendía los capítulos de las letras A y B, nada menos que 11 316 entradas. Aparecerían cinco tomos más, hasta completar la obra en 1739 y reunir las 69 410 entradas que reúne el diccionario.
Aunque lo conocemos como Diccionario de autoridades, podríamos decir que este no es más que su apodo, porque la obra tiene por título «Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua».
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