25/7/2025 | Pedro Manuel Moreno-Marcos, Marina Serrano-Marín y Natalia Centeno Alejandre (The Conversation)
Durante siglos, antes de que existieran los correctores automáticos, la corrección de textos dependía de profesionales como escribas, copistas, correctores de estilo y tipográficos o, simplemente, de personas con buena formación en ortografía.
Fue así hasta las décadas de 1970 y 1980, con la llegada de los ordenadores personales. Entonces, la manera de escribir y corregir documentos cambió. La escritura comenzó a digitalizarse y los correctores automáticos surgieron como sistemas basados en reglas simples y comparación con diccionarios o listas predefinidas.
Uno de los primeros fue SPELL, diseñado en 1971 en la Universidad de Stanford (Estados Unidos). Este programa analizaba textos en inglés y detectaba palabras mal escritas al compararlas con un diccionario. Además, sugería correcciones para errores comunes como cambios de una letra o transposiciones. Sin embargo, no interpretaba el contexto, ni el significado de las palabras.
A finales de los años 1980 y principios de la década de 1990, programas como Microsoft Word empezaron a incluir correctores ortográficos integrados en sus aplicaciones de creación y edición de texto. Por ejemplo, en 1995, Microsoft Word introdujo los conocidos subrayados rojos que señalaban errores en tiempo real. Aún así, estas herramientas seguían sin interpretar el contexto ni la intención del mensaje.
A pesar de las limitaciones, dichos avances facilitaron el proceso de revisión de textos.
Escribir bien en la era digital
Aunque hoy en día contamos con muchas facilidades para escribir correctamente, la realidad es que, en un entorno donde elaboramos textos constantemente –correos, informes, mensajes en redes sociales, solicitudes…–, a menudo adoptamos hábitos incorrectos por comodidad o rapidez. Por ejemplo, es habitual ver preguntas que solo llevan el signo de interrogación al final o la omisión de tildes.
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