25/7/2025 | María Dolores Porto Requejo (The Conversation)
Las palabras son poderosos instrumentos capaces de conformar la realidad que nos circunda. El nombre que damos a las cosas configura el modo en que se perciben. No es lo mismo hablar de “estrategia de rearme” en Europa que de “mejorar nuestra seguridad”, y no es lo mismo un “plan de deportación” de inmigrantes que un “plan de remigración”.
Toda palabra funciona como un pequeño interruptor en nuestra mente que conecta ideas más o menos dispares, pero que, sobre todo, activa silenciosamente emociones de las que apenas somos conscientes.
El término “deportación” inspira un rechazo automático, posiblemente relacionado con imágenes subyacentes de deportaciones a campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial, pero “remigración” nos evoca sensaciones más positivas, como de “vuelta a casa” después de una “migración”. Sólo si nos detenemos un momento para interpretarlas con calma, veremos que ambas expresiones se refieren a una misma realidad.
Es muy fácil inocular una emoción a través del lenguaje. No hace falta ser un experto, hasta su hijo pequeño sabe cómo “tocarle la fibra” cuando quiere convencerle de algo, y eso que nadie le ha hablado todavía de la Retórica de Aristóteles y del pathos como una de las claves del discurso persuasivo. Los publicistas lo saben, y también los políticos, además de los manipuladores y los diseminadores de desinformación.
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