7/2/2026 | Pepe Fernández del Campo (El Debate)
Salamanca, verano de 1492. Mientras las campanas repican por la caída de Granada y en los puertos del sur se ultiman preparativos para una expedición incierta hacia occidente, en busca de las Indias, un humanista andaluz corrige pruebas de imprenta. Antonio de Nebrija está a punto de publicar la Gramática de la lengua castellana, fechada tradicionalmente el 18 de agosto de 1492. Es la primera gramática de una lengua romance en Europa. No es un detalle académico. Es un acontecimiento histórico.
Hasta entonces, solo el latín había merecido ese esfuerzo de ordenación sistemática. Lengua de la Iglesia, del Derecho y de la Universidad, el latín era el idioma de lo serio. El castellano, como los demás romances, servía para hablar, para cantar, para contar historias. Nebrija rompe esa jerarquía sin proclamas ni estridencias. Simplemente hace lo que sabe hacer: ordena la lengua para que el pensamiento no se pierda en la confusión. Clasifica los sonidos, fija reglas, distingue usos correctos de usos imprecisos y somete la palabra a un principio de razón. No crea el castellano: lo disciplina. Lo hace consciente de sí mismo y apto para transmitir conocimiento sin ambigüedad.
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