Rafael del Moral (Voz Pópuli)
El español es por naturaleza una lengua de asombrosa plasticidad. En un área específica como la insultología, la creatividad alcanza cotas líricas. Si el amor, la muerte o la comida generan una cantidad ingente de vocabulario, la necesidad de señalar que alguien no tiene todas las luces encendidas ha dado lugar a un florecimiento verbal de magnitudes extraordinarias. Desde la Patagonia hasta el Golfo de Vizcaya, el concepto de tonto parece un organismo vivo que muta, se adapta y adopta modismos locales que reflejan la idiosincrasia de cada pueblo.
Para entender por qué el español tiene tantas formas de llamar a alguien tonto, necesitamos mirar hacia atrás. Nuestra lengua heredó de los clásicos grecolatinos buena parte de su vocabulario intelectual y moral. Los griegos y romanos tenían una obsesión particular por separar al ciudadano lúcido y participativo del desconectado o rudo, por eso la mayoría de los insultos clásicos tienen raíces latinas que originalmente no eran agravios, sino descripciones de estados físicos o mentales.
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