Abril Peña (El Pregonero, República Dominicana)
En las redes sociales abundan los videos de extranjeros y latinoamericanos intentando “traducir” el español dominicano. Nos reímos cuando explican que “ahorita” puede significar dentro de cinco minutos, más tarde o nunca; cuando descubren que “vaina” sirve para nombrar un objeto, un problema, una situación, una emoción y casi cualquier cosa cuyo nombre no recordemos, o cuando intentan descifrar una oración pronunciada a la velocidad de un motor sin silenciador.
Lo presentamos como una gracia nacional y, en buena medida, lo es, el español dominicano tiene ritmo, creatividad, picardía, economía verbal y una extraordinaria capacidad para inventar imágenes. Nuestras palabras reflejan la historia de un pueblo formado por influencias taínas, africanas, europeas, caribeñas y estadounidenses.
Hablar como dominicano no es hablar un español inferior, detrás del meme, sin embargo, existe una realidad menos graciosa: en determinados segmentos sociales, nuestro español ha degenerado hasta convertirse en una sucesión de palabras mutiladas, códigos cerrados, sonidos, gestos y referencias que solo comprende quien pertenece al mismo círculo.
Más en elpregonerord.com
Fundéu Guzmán Ariza República Dominicana