Rafael del Moral (El Confidencial)
Abra usted el Diccionario por cualquier página y notará una corriente de aire frío. No es imaginación suya. El DLE es el cementerio mejor conservado de Europa: más de cincuenta mil tumbas, casi todas con nombre y apellido, la mayoría sin visita desde hace generaciones.
La Academia, rigurosa hasta la obsesión y sentimental hasta la ternura, se niega a exhumarlas. Por eso cualquiera puede toparse, en busca de una palabra corriente, un fantasma vestido de entrada oficial que espera paciente que alguien vuelva a pronunciar su nombre y lo devuelva, aunque sea un segundo, al mundo de los vivos.
En rigor filológico, «palabra fantasma» designa algo más concreto y bastante menos poético: un error de copista, una mala lectura medieval que se coló en algún diccionario antiguo y allí se quedó viva sin haber nacido del todo, el equivalente lingüístico de un gremlin. No son esas las que nos interesan hoy. Las nuestras sí nacieron, sí vivieron, sí tuvieron su momento de gloria en boca de la gente, y luego, sencillamente, dejaron de ser invitadas a la fiesta de la vida.
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