17/4/2026 | María José Rincón (Diario Libre, República Dominicana)
Desde que recuerdo quise ser filóloga. Ni siquiera sabía entonces que la palabreja existía. Me fascinaban las palabras y las historias que eran capaces de contarme. Con el tiempo, algunos maestros le pusieron nombre a esta inclinación y me abrieron el camino hacia la filología.
Siempre los tengo presentes. Doña Carmen Córdoba abría para mí, fuera de su horario regular, la biblioteca escolar –tan importantes– y, en el colmo de la abnegación, me prestaba sus propios libros. Tendría yo nueve o diez años y ya era una lectora curiosa y voraz.
Otra Carmen, Carmen Calderón, a la que ya le apeábamos el doña porque éramos «mayores» en el bachillerato, me abrió en mi adolescencia las puertas del teatro. Don Luis Riesco, mi catedrático de latín, más serio y tradicional, del que atesoro los fundamentos, esenciales para un filólogo, de las lenguas latina y griega.
Fundéu Guzmán Ariza República Dominicana