15/8/2026 | Rafael del Moral (El Confidencial, España)
Hay un error que los libros de texto repiten con obstinada comodidad: el latín murió. Lo dicen con la misma seguridad con que anuncian la caída del Imperio romano, como si ambas cosas fueran equivalentes y como si una lengua pudiera morir de la misma manera que un emperador. Cuando las lenguas no mueren con sus hablantes, se transforman. Y pocas transformaciones han sido tan fecundas como la del latín. Aquella lengua nacida a orillas del Tíber hace casi tres mil años no desapareció, cristalizó en el sustrato vivo de las lenguas que hoy hablan cerca de mil cuatrocientos millones de personas.
Si sumamos los hablantes de las lenguas romances —las nacidas directamente del latín que legionarios, comerciantes y colonos extendieron por el Mediterráneo—, la magnitud resulta extraordinaria. El español, con unos 490 millones de hablantes nativos, es hoy la más hablada de esa herencia; si añadimos quienes la utilizan como segunda lengua, supera ampliamente los 600 millones. El portugués, impulsado por el peso demográfico de Brasil, ronda los 260 millones. El francés cuenta con unos 80 millones de hablantes nativos, aunque su presencia en África eleva el número total de usuarios por encima de los 300 millones. El italiano suma unos 65 millones; el rumano, alrededor de 24. A ellos habría que añadir otras lenguas romances como el catalán, el gallego, el occitano, el sardo, el friulano o el romanche, aunque muchos de sus hablantes ya están incluidos estadísticamente en comunidades hispanófonas, francófonas o italófonas. En conjunto, las lenguas romances reúnen una población comparable a la de todo el gran conjunto de variedades siníticas.
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